Luis tiene 16 años y, desde que empezó la Educación Secundaria, cada vez que se acercan las fechas de los exámenes cambia su carácter y se convierte en una especie de agonía andante que no hace otra cosa que repetir, generalmente delante de los padres: “no me lo sé, no me lo sé,” “se me olvida todo”, “yo no voy al examen”, acompañado todo esto de suspiros, angustia, llanto , dificultad para conciliar el sueño, irritación, molestias estomacales, etc.
Cuando vemos a chicos así de agobiados, tenemos una tendencia a terminar contagiados y entregados, la familia entera, al consumo de tilas. Padres e hijos suspirando por los pasillos, los hijos atenazados por el temor al fracaso, los padres paralizados por no saber cómo actuar.
¿Por qué ocurre esto?
Esto le ocurre fundamentalmente a los niños muy exigentes, muy perfeccionistas, niños a los que les podríamos llamar Isidros o Isidras porque siempre están, ¿Y si no apruebo? ¿Y si no saco la nota? ¿Y si no le gusta?…¿ Y SI..? ¿Y SI? ¿Y SI?… siempre están pensando en la peor de las posibilidades.